El casco en esquí: la protección que nadie debería olvidarse
Durante muchos años el casco en pista fue la excepción. Se lo ponían los competidores, los niños y quien acababa de ver un accidente de cerca. Hoy eso ha cambiado por completo: en la mayoría de estaciones europeas más del 80% de los esquiadores llevan casco, y las estaciones lo exigen para los menores. No es una moda. Los datos son contundentes.
Los traumatismos craneales representan entre el 10 y el 20% de todas las lesiones graves en pista. No ocurren solo en pistas negras ni a alta velocidad. Caídas aparentemente simples, choques con otro esquiador, impactos contra postes de señalización o contra la nieve endurecida: cualquiera de esos escenarios puede acabar muy mal sin protección en la cabeza. Con casco, la energía del impacto se absorbe en la espuma interior en vez de transmitirse al cráneo.
Cómo elegir el casco correcto
Lo primero es que lleve el marcado CE EN 1077. Es la norma europea para cascos de esquí y snowboard: sin ese sello, no garantiza nada. Dentro de esa norma hay dos categorías: la A, que ofrece mayor cobertura y protección, y la B, más ligera y ventilada, adecuada para la mayoría de esquiadores recreativos.
El ajuste es tan importante como la certificación. Un casco que se mueve en la cabeza no protege bien. La prueba es sencilla: ponlo y mueve la cabeza de lado a lado y arriba y abajo. Si el casco se desplaza independientemente de tu cabeza, no ajusta. Debe sentirse firme sin apretar en ningún punto concreto. La mayoría llevan un sistema de regulación en la nuca que permite afinar el agarre sin herramientas.
Lo que el casco no hace
El casco protege el cráneo. No protege el cuello ni la columna vertebral. En eso no hay que engañarse. Lo que sí puedes combinar siempre es casco y gafas: están diseñados para funcionar juntos y el hueco entre ambas piezas no debería quedar al aire. Si hay una franja de frente expuesta entre el casco y las gafas, alguno de los dos no ajusta bien.
Cuándo hay que sustituirlo
Después de cualquier impacto significativo, aunque no veas daño exterior. La espuma interior se comprime en el golpe y no recupera su forma original: ha cumplido su función pero ya no protege igual en una segunda caída. Un casco que ha recibido un golpe fuerte hay que reemplazarlo, sin excepciones. En condiciones normales, sin impactos, la vida útil aproximada es de cinco a ocho temporadas según el uso y las condiciones de almacenamiento.
Si todavía esquías sin casco, hoy es un buen día para cambiar eso. Es la pieza de equipo más barata en relación a lo que protege.